La conservación del suelo es uno de los pilares fundamentales de la edafología aplicada, ya que el suelo es un recurso no renovable a escala humana. Los procesos de degradación edáfica, como la erosión hídrica y eólica, la desertificación, la salinización, la acidificación, la compactación o el sellado del suelo, reducen de forma significativa su capacidad para cumplir funciones ecológicas y productivas. La edafología aplicada permite identificar las causas y mecanismos de estos procesos, así como evaluar el grado de vulnerabilidad de los suelos frente a distintas presiones antrópicas y ambientales.
Mediante el análisis de las propiedades físicas, químicas y biológicas del suelo, se pueden diseñar estrategias de conservación orientadas a mantener la cobertura vegetal, mejorar la estabilidad estructural y favorecer la infiltración y retención del agua. Prácticas como el uso de cubiertas vegetales, la incorporación de materia orgánica, la reducción del laboreo o la gestión adecuada del uso del suelo se basan en principios edafológicos y son esenciales para frenar la degradación y preservar la funcionalidad del sistema edáfico
